En una última publicación, el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) reportó que entre septiembre del 2018 y febrero del 2019, el 26.3% de la población urbana mayor de 15 años fue víctima de algún hecho delictivo. De igual forma, reporta que la mitad de las víctimas fueron mujeres.
En este grupo seleccionado, los más afectados por esta violencia delincuencial son los jóvenes, ya que el 34.6% de las víctimas declaró tener menos de 29 años. Asimismo, la encuesta revela que el 86.6% de la población está convencida de que será presa de la delincuencia y que casi el 90% de los jóvenes siente que será la próxima víctima.

La percepción de inseguridad también afecta con paridad matemática a hombres y mujeres, y la desconfianza en la autoridad es grande: solo el 17% de las víctimas denunció el delito, lo cual favorece la impunidad para la delincuencia.
¿Cómo reacciona la ciudadanía?
Lo que la población está haciendo ante la persistencia de la delincuencia común es cambiar sus hábitos, para evitar asaltos. De acuerdo con el informe semestral de Seguridad Ciudadana del INEI, el 21.1% de habitantes de las ciudades de más de 20,000, ha dejado de realizar actividades como contestar el celular en la calle, llegar muy tarde a casa, salir de noche, llevar mucho dinero en efectivo, tomar taxi en la calle o salir a caminar.

Se podría argumentar que estas medidas de precaución son adecuadas, pero en realidad, lo que está ocurriendo es que una quinta parte de residentes urbanos está renunciando a la cotidianeidad, obligada por el miedo. En otras palabras, la delincuencia está ganando terreno y está arrebatándoles a las personas libertades que creíamos haber recuperado hace más de dos décadas, pues se están autoimponiendo “toques de queda”.
El porcentaje de ciudadanos que temen que serán víctimas de algún hecho delictivo supera con creces al de quienes han optado por cambiar sus hábitos: la percepción de inseguridad es de 88.4%, superior en casi dos puntos porcentuales al sondeo de hace un año. Ligada a esta cifra está la disminución de la percepción de vigilancia, que cayó 6.4 puntos porcentuales, hasta 39.3%, lo que sugiere que al miedo hay que sumarle la sensación de desamparo.
El informe del INEI también contiene datos anuales para el periodo 2013-2018; uno que llama la atención es que entre esos años, el porcentaje de víctimas de algún hecho delictivo cayó 10.2 puntos porcentuales, hasta 25.7%. Tal vez las autoridades utilicen ese número para afirmar que la lucha contra la delincuencia está rindiendo frutos. Y seguramente evitarán mencionar este: los delitos con arma de fuego pasaron de 7.2% a 9.1%, lo que indicaría una intensificación de la violencia.
Y mientras seguimos leyendo noticias de la liberación de ladrones, extorsionadores y abusadores sexuales, habría que preguntarse por qué la Policía no descubre mafias que trafican con armas, por qué tantos atestados policiales están mal hechos (según los jueces), o por qué hay fiscales que no reúnen pruebas suficientes para formular las denuncias respectivas.